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La noche de la lluvia de noviembre, así vivimos el concierto de Guns and Roses en Colombia cuando teníamos 16 años.

Hoy hace 28 años aun me pitaban los oidos, lo recuerdo como si fuera ayer, cada minuto, cada segundo, era lo más importante que iba a suceder en Colombia en materia de Rock, jamás, ni en los sueños más profundos imaginamos que una banda como Guns and Roses pudiera pisar esta tierra de acordeones y ruanas, sobre todo porque la sociedad nos miraba como parias, “esos mechudos marihuaneros satánicos”, aun hoy en día, tantos años después algunos nos siguen viendo así y nosotros nos seguimos viendo iguales… la tierra de la virgen del Carmen y del sagrado corazón iba a ser manchada por la banda de rock más grande del planeta en ese momento, se acababan de estrenar los Use your illusion y yo iba a asistir, a la mejor localidad, al concierto de mis sueños.

Tenía 16 años y me estaba graduando del colegio, eso fue lo que pedí de regalo de grado, un boleto para asistir a la fiesta rockera, en la radio solo sonaba knockin on heavens door y eso le parecía pesado a esta tintorería mediática y tropical, los que de verdad escuchábamos a la banda era porque nos pasábamos sus discos y los comprábamos, no había manera y aun no la hay de que un disco de hard rock o de Metal sonara en nuestras tres estaciones plagadas de Marcelo Cezán y Vilma Palma e Vampiros.

Ustedes han escuchado mil veces la historia de cómo fue posible ese concierto que se dio de milagro, Julio Correal la ha contado cien veces por todas partes y otras personas también, pero jamás se las han contado de este lado, desde los zapatos del pelao de 16 años que tuvo que soplarse la aventura de su vida para ver un concierto inconcluso.


Todo comenzó con la confirmación de dos conciertos de GnR’s en Bogotá, nadie lo creía, eso no podía ser cierto, lo más pesado que había pasado por este lote era Quiet Riot en el Coliseo El Campin y eso no fue una experiencia muy poderosa que digamos, la gente iba solo porque era un concierto, la única canción que conocían algunos era Cum on Feel the Noize y era un cover de Slade, nisiquiera era de ellos, Bogotá se decía rockera pero la verdad lo que llamábamos rock era ese “rock en español” que nos habían vendido como lo máximo, lo más pesado para nosotros de manera “oficial” en una emisora era Kraken y en los noventas la radio era todo. Obviamente todo el rock estaba sucediendo, lo conseguíamos en los almacenes de la 19, en programas de videos o en VHS que grabábamos o comprábamos, había un verdadero “trafico” de música en los colegios, Desde Poison a Deff Leppard, desde The Cure a Joy División hasta Helmet y Carcass, esa música jamás se escucharía en una radio nacional.

En aquella época el rock dominaba el mundo y en cierta forma a la juventud bogotana, pero Guns and Roses era otro nivel, era lo inalcanzable y ahora teníamos la oportunidad de abrazar un sueño.

Mi mamá me regaló un boleto que costaba 60.000 pesos, eso era una fortuna, era para el primero de los dos conciertos, ese tendría silletería numerada en la gramilla, la fecha era el 28 de noviembre de 1992, justo el día en que se armó que pedo en Venezuela por el golpe militar de Hugo Chávez y preciso Guns and Roses estaba en la mitad de todo, de allá venían.

Que se cancela, que se cancelan los dos, que se cancela uno, no sabíamos que estaba pasando, había un concurso en 88.9 que pedía que enviaran dibujos para colocarlos en los camerinos de la banda, que concurso más guevón, pero así era Colombia, una tierra de guevones, los rockeros aprendíamos a serlo a través de las películas y de Headbangers ball de MTV, copiábamos identidades porque eso nos hacía libres y diferentes en este país conservador y lleno de asesinos. Al final, habría un solo concierto, el mío estaba cancelado, quedaba solo el del día siguiente, sin silletería numerada, así que me tocó correr a las taquillas del Campin a que me devolvieran la mitad del dinero y me dieran un boleto para gramilla que costaba $30.000, otra fortuna, creo que con lo que quedó fui y compré un pantalón y guardé el resto para el concierto.

El día del evento me levanté temprano, sudaba, estaba nervioso, jamás habíamos asistido a algo así, esto era de lejos lo más grande que había pasado en Bogotá en materia de Rock, la banda se presentaba a las 8:00 de la noche y a las nueve de la mañana ya estábamos miles de almas haciendo fila como buenos colombianos, nosotros jamás aprendimos a organizarnos, esas filas le daban la vuelta al estadio y la gente gritaba, se empujaba, eso eso era “cool”, en esa época la dinámica de bullying y de ser “malo” era normal. Nosotros íbamos tres amigos en grupo, al final éramos muy jóvenes, no teníamos experiencia, no sabíamos que hacer, a la una de la tarde aun no habíamos podido entrar por las filas y de repente uno de mis amigos, “el paisa”, se pilló que debajo del puente peatonal había una entrada habilitada por la que no estaba pasando nadie, un muchacho gritaba -por acá, por acá- y ahí nos metimos y entramos al estadio.

Me acorde de la preocupación de mi mamá cuando llegamos a la gramilla y vimos una lluvia de botellas plásticas que iban y venían, los de gramilla contra las graderías, eso era una batalla campal, la gente estaba muy ansiosa, como a la media hora me metieron mi primer botellazo en la cabeza, valía huevo, era Guns, “volíamos botella” a lo loco, nos sentamos, cantamos, descansamos, nos dio hambre, paila no podíamos comer por que todo era carísimo y perder el puesto en la gramilla no podía ser algo que nos permitiéramos.

La cosa comenzó a llenarse de manera brutal, pero arriba, en gallinero nunca hubo nadie, solamente en la gramilla y en las graderías bajas y del medio, entonces comenzaron los chismes respecto a que afuera había mucha gente a la que no iban a dejar entrar porque ya estaba lleno y claro, habían vendido dos conciertos y solo habría uno.

Así transcurrió el tiempo en esa gramilla, horas infinitas sentados en una especie de espuma que por primera vez colocaban en el Campín dizque para “proteger” la gramilla porque nosotros, los drogadictos íbamos a dañar el hermoso e inmaculado pasto en donde se jugaba el hermoso fútbol colombiano, horas y horas eternas boleando botella, esperando, hablando, cantando como pendejos en coro hasta que comenzó a anochecer y ya la gente se comenzaba a levantar.

Poco a poco se fue armando esa amalgama humana que se apretaba, muchos comenzaron a salir hacia atrás pero nosotros a pesar de ser tan niños y pequeños (en ese entonces) no queríamos perdernos el evento desde cerca, así que aguantamos, aguantamos calvazos, aguantamos apretones, aguantamos de todo durante casi dos horas hasta que por fin sonó algo, y les digo “algo” y no Welcome to the Jungle” porque no se escuchaba, los gritos alrededor eran tan fuertes que no sabíamos que putas estaba pasando, pero cuando levantamos la mirada ahí estaban esos locos que solo habíamos visto en MTV y en todos los programas de rock del planeta, los ídolos para los que estábamos ahí, por fin hijueputa, por fin un concierto de verdad, por fin un concierto de rock.

No hay mucho que decir del toque, muchas canciones del Appetite for Destruction como Mr Brownstone y algunas de los illusion, estábamos extasiados, ya la gente no apretaba, nos asentamos en la gramilla, era un trance, un sopor. De repente la parte mítica, la que es cierta y que hay que contarla nuevamente porque fue lo mejor y a la vez lo peor, la banda comenzó a tocar November Rain de manera increíble y en la parte final de la canción, ese puto 30 de noviembre de 1992 se largó a llover, era magia, unas personas comenzaron a decir que eran efectos especiales, que habían puesto aspersores de aguar en el techo del estadio para lograr el efecto, pero no, era sencillamente la lluvia de noviembre bogotana cayendo sobre nosotros y marcando ese concierto en la memoria para siempre, aun lo recuerdo como si fuera ayer, aun está presente, más que cualquiera.

Eso dañó el concierto, la lluvia se hizo presente en un escenario sin techo y nosotros en esa época no sabíamos nada sobre el aspecto técnico de un concierto, cuando acabó November rain la banda paró de tocar y nosotros nos llenamos de ansiedad, aun faltaban las mejores canciones y no habían tocado mucho tiempo, mientras la banda iba y venia y las personas en la tarima también, nosotros gritábamos “Guns and roses, guns and roses” y de repente, se bajaron del escenario y apagaron las luces.

Todos nos negábamos a entender que no habría más, pero sin embargo si hubo… Guns and roses subió de nuevo y tocó Paradise City y la gente se volvió loca, en la mente retumbaba el video, éramos parte del video, en este estadio… y se fueron. No hubo Sweet Child O’mine, no hubo knockin on heavens door y en el aire quedaron muchos éxitos que solo vinieron a tocar décadas después en Medellín en el concierto al que por fin volvieron, pero quedaron en deuda con Bogotá y ya no es lo mismo, sencillamente no es lo mismo.

Salimos del estadio y caminamos por la carrera 30, no pasaba nada, no había disturbios, no había escándalos, pero cuando llegué de regreso a casa mi madre me recibió preocupada porque habían “acabado” Nicolas de Federman, la gente al parecer hizo revueltas porque no los dejaron entrar, pero nunca me di cuenta, para mí no sucedió.

Para el país sí, eso fue una fiesta diabólica como dijo el espacio, los narradores de fútbol armaron una pataleta épica así al estilo del concejal idiota que logró prohibir un concierto en el país y por esa pataleta, ese llanto anacrónico y atrofiado prohibieron para siempre los conciertos en el estadio, porque el Campín es mejor y más bellos que Wembley, esa grotesca armazón mediocre había sido profanada por los satánicos así que como siempre el país satanizó el rock y todo eso contribuyó a que el género muriera cada vez más y fuera reemplazado por esas “papayeras eléctricas” tan horrendas que venden acá como “rock”, ese sonidito fastidioso que han llamado “nuevas músicas colombianas” pero que de nuevas no tienen absolutamente nada y es muy poco lo que aportan a la parte musical.

El que pagó los platos rotos fue el pobre Eros Ramazzoti que terminó tocando en un lote fangoso, el peor concierto de la historia de Colombia, pero gracias a Dios el fútbol se salvó y seguimos ganando mundiales, copas América y colocando el nombre del país en alto, sobre todo cuando asesinaron dos años después a Andrés Escobar en Medellín por haber metido un autogol en el mundial.

Esa es la historia contada por un pelao que estuvo allá parado y que por un breve momento vivió el rock de verdad en un país en donde nunca lo hubo ni lo habrá, para nosotros, para los que estuvimos ahí fue algo que cambió la vida, se logró y se le agradece a quienes trataron de hacerlo, fue uno de los mejores momentos que tuvimos en Colombia en los noventa, esa década tan macabra pero a la vez tan poderosa para todos.

 

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